- ¿Cómo ha ido la catequesis, Joana?
- Muy bien. ¿Sabes? Hoy hemos tenido la primera confesión.
- Ah, qué bien. ¿Y qué tal?
- Bien. Primero nos han explicado cómo teníamos que saludar al sacerdote y eso, y luego hemos pasado uno a uno por el confesionario.
- ¿Y no os han dejado un tiempo para pensar en los pecados que ibais a confesar?
- Sí, mamá. Es el examen de conciencia.
- Ah.
- Sí
- ...
- Y, ¿sabes?, mientras pensaba me ha empezado a doler un montón el corazón...
- Ajá.
- Seguro que eso es el dolor de los pecados.
un quiosco de malaquita
21/03/13
11/03/13
Y fue
Posponía yo la conversación escudada en buscar un modo de afrontarla. Pero ayer, mientras ella jugaba en el ordenador y yo recogía los juguetes de su hermano, volvió a la carga. No me miró para preguntarme. Creo que la duda volvió a su mente -ya la había formulado semanas atrás- y le pareció lógico plantearla. Yo también le daba la espalda, entretenida en adivinar si este rectángulo de madera es parte de un dominó o de un juego de construcciones.
- Mamá, no lo entiendo. Si tú tienes los ojos verdes, ¿por qué yo tengo los ojos marrones?
Creo que una de las destrezas que se adquieren con la maternidad es la de reconocer el momento adecuado.
- Termina lo que estés haciendo y nos sentamos en el sofá y te lo explico, ¿de acuerdo?
- Vale.
La vez anterior que formuló esta misma pregunta, su padre y yo nos salimos por la tangente: él tiene los ojos marrones; duda resuelta. Pero está claro que no la convencimos.
Primero, con un gráfico muy chusco, le expliqué la cuestión genética que determina el color de ojos. Lo entendió.
- Pero entonces, mamá, lo que no entiendo es que si yo nací cuando eras tú sola, ¿cómo puedo tener los ojos marrones?
- A eso voy.
Y le expliqué que yo no la tuve sola. Que eso no es posible. Que siempre intervienen dos: hombre y mujer. Que, como en todo, las cosas pueden hacerse bien o mal. Que yo alteré un poco el orden correcto. Que la otra persona implicada no se vio preparada para asumir la paternidad. Que yo decidí ser padre y madre. Que hay que saber ser responsable. Y que, cinco años después, tuvimos la suerte de encontrar a su padre.
- ¿Y sabes qué fue lo primero que hizo después de que nos casáramos?
Joana sonríe y señala mi tripa abultada.
- Pues no. Antes.
- ¿Decirme que yo era su hija?
- Sí, pero no solo a ti. Fue a decírselo a un juez para que lo supiera todo el mundo y nadie lo dudara jamás. Que él era tu padre para siempre y que tú eras su hija para siempre.
El abrazo que me dio no puedo describirlo.
- Mamá, no lo entiendo. Si tú tienes los ojos verdes, ¿por qué yo tengo los ojos marrones?
Creo que una de las destrezas que se adquieren con la maternidad es la de reconocer el momento adecuado.
- Termina lo que estés haciendo y nos sentamos en el sofá y te lo explico, ¿de acuerdo?
- Vale.
La vez anterior que formuló esta misma pregunta, su padre y yo nos salimos por la tangente: él tiene los ojos marrones; duda resuelta. Pero está claro que no la convencimos.
Primero, con un gráfico muy chusco, le expliqué la cuestión genética que determina el color de ojos. Lo entendió.
- Pero entonces, mamá, lo que no entiendo es que si yo nací cuando eras tú sola, ¿cómo puedo tener los ojos marrones?
- A eso voy.
Y le expliqué que yo no la tuve sola. Que eso no es posible. Que siempre intervienen dos: hombre y mujer. Que, como en todo, las cosas pueden hacerse bien o mal. Que yo alteré un poco el orden correcto. Que la otra persona implicada no se vio preparada para asumir la paternidad. Que yo decidí ser padre y madre. Que hay que saber ser responsable. Y que, cinco años después, tuvimos la suerte de encontrar a su padre.
- ¿Y sabes qué fue lo primero que hizo después de que nos casáramos?
Joana sonríe y señala mi tripa abultada.
- Pues no. Antes.
- ¿Decirme que yo era su hija?
- Sí, pero no solo a ti. Fue a decírselo a un juez para que lo supiera todo el mundo y nadie lo dudara jamás. Que él era tu padre para siempre y que tú eras su hija para siempre.
El abrazo que me dio no puedo describirlo.
27/02/13
Hay conversación a la vista
- ¿Y es niño o niña? -me pregunta la recepcionista del hotel.
Joana se me adelanta.
- No lo sabemos. No lo queremos saber. Queremos que sea sorpresa.
Sonrío, para confirmar la afirmación.
- ¿Sorpresa? ¡Qué bonito!
- Tú también puedes, ¿sabes? Digo, eso de que sea sorpresa.
La chica se turba por un momento, pero luego ríe y responde.
- Bueno, puede que más adelante. De momento no hay ningún bebé aquí.
- Quién sabe. Yo nací sin padre, ¿sabes? Yo creo que en una de estas mi abuelo se equivocó y en lugar de poner una semilla en mi abuela, la puso en mi madre.
¡Ay!
¿Quién le habrá dicho nada de semillas? Aunque bueno, eso no es ahora lo que me preocupa. El comentario tiene toda la inocencia y la candidez de sus siete años, pero, claro...
Hace un par de años, en uno de esos cursos para padres (en los que, según mi cuñado, te demuestran con teoría y ejemplos lo mal que lo estás haciendo) Jokin de Irala comentó que en ciertos temas controvertidos, como puede ser el sexo, es mejor llegar un año antes que un minuto tarde, porque todo lo que no les expliquemos lo aprenderán en algún otro lado.
Joana tiene sólo siete años. Tengo bastante claro que debo hablar con ella, aunque todavía no sé cómo. Sigo pensando.
Joana se me adelanta.
- No lo sabemos. No lo queremos saber. Queremos que sea sorpresa.
Sonrío, para confirmar la afirmación.
- ¿Sorpresa? ¡Qué bonito!
- Tú también puedes, ¿sabes? Digo, eso de que sea sorpresa.
La chica se turba por un momento, pero luego ríe y responde.
- Bueno, puede que más adelante. De momento no hay ningún bebé aquí.
- Quién sabe. Yo nací sin padre, ¿sabes? Yo creo que en una de estas mi abuelo se equivocó y en lugar de poner una semilla en mi abuela, la puso en mi madre.
¡Ay!
¿Quién le habrá dicho nada de semillas? Aunque bueno, eso no es ahora lo que me preocupa. El comentario tiene toda la inocencia y la candidez de sus siete años, pero, claro...
Hace un par de años, en uno de esos cursos para padres (en los que, según mi cuñado, te demuestran con teoría y ejemplos lo mal que lo estás haciendo) Jokin de Irala comentó que en ciertos temas controvertidos, como puede ser el sexo, es mejor llegar un año antes que un minuto tarde, porque todo lo que no les expliquemos lo aprenderán en algún otro lado.
Joana tiene sólo siete años. Tengo bastante claro que debo hablar con ella, aunque todavía no sé cómo. Sigo pensando.
12/02/13
Una escena
Suponía yo que con la edad el pensador de Joana, aunque seguía ahí, había madurado al estilo de los pensadores más clásicos, y que ahora rumiaba las ideas antes de soltarlas. Por suerte, hay pensadores que no cambian.
Interior. Día. Madre e hija desayunan con tranquilidad. De fondo, la radio.
- Mamá, mañana tengo una boda.
- ¿Qué?
- Que mañana tengo una boda.
- Ah. Una boda. ¿Quién se casa?
- Mi yegua, Rayo, con un caballo que se llama Trueno.
- ¿Y a su hijo le pondrán Relámpago y a su hija Lluvia? ¿O Tormenta?
- Tormenta, creo. Les gustan mucho esos nombres.
Exterior. Día. Madre e hija caminan hacia el colegio. La hija camina ligera; la madre se concentra para empujar una silleta cuesta arriba sin perder el aliento.
- Mamá, esta noche esto -con el índice señala su cabeza- me ha dado un trabajo...
- ¿En... serio...? ¿Por... qué...?
- Hombre, ¡por todos los preparativos de la boda!
- Ah, claro...
- Yo he preparado los adornos del techo, porque los demás no llegaban.
- Los invitados, ... ¿eran personas.... o caballos...?
- Personitas y caballitos. Es que son todos pequeños. Pero yo hago chas y se convierten de mi tamaño. Así puedo montar a caballo. Mira, mamá, este es un hermano de Rayo. Se llama Humo. ¿Qué nombres más raros, verdad?
25/01/13
Yo pido.
Hoy no tengo nada para contar. Hoy sólo pido. Pido oraciones para una niña que ha volado al cielo a encontrarse con su padre. Una niña a la que vi sonreír a Joana y eso, para mí, ya vale un cielo. Su tía, supongo que por afán de protección, no ha querido que se marchara sola en este importante viaje y se ha ido con ella. A su hermano no lo han llevado, porque alguien tiene que quedarse aquí y cuidar de esa madre a quien quisiera abrazar con toda la fuerza de mi alma. Toda se la daría en ese abrazo, y aún sería poca, porque ella se queda aquí, pero imagino que gustosa encadenaría a su niña con los brazos, y los ojos, y el aliento, y las palabras, y la acompañaría para siempre.
Por todos ellos, una oración.
Por todos ellos, una oración.
24/01/13
Esterilizaciones
La norma no puede variar, o la liamos: ante preguntas complejas, respuestas sencillas.
- Mamá, eso que le hicieron a Nala -la gata que vive en casa de los abuelos-, eso para no tener gatitos, digo, ¿se les puede hacer a las personas?
Toma pregunta. Debo responder rápido, pero no puedo precipitarme. Aunque sólo me estoy tomando unos segundos, se impacienta y sigue.
- Es que he pensado que si se lo hicieran a las monjas, entonces las monjas y los sacerdotes se podrían casar sin dejar de dedicar toda su atención a Dios.
Ah, vale. Ahora tengo algo más de información para responder.
- A ver, Joana, como poder, se puede: es posible realizar esas operaciones para que una mujer no pueda tener hijos. Pero no se debe. No está bien decidir sobre los hijos que debe tener otra persona. Eso es cosa de Dios y de los padres. ¿Lo entiendes?
- Sí.
- En cuanto a lo otro, hay parejas que, por lo que sea, no tienen hijos, ¿te parece que se quieren menos por eso?
- No.
- No, claro. Se preocupan el uno del otro. Así que según tu solución, si monjas y sacerdotes se pudieran casar, aunque no hubiera hijos, no dejarían de estar pendientes el uno del otro, y así no se dedicarían por completo a Dios, ¿no te parece?
- Sí.
Cada día me lo pone más complicado...
- Mamá, eso que le hicieron a Nala -la gata que vive en casa de los abuelos-, eso para no tener gatitos, digo, ¿se les puede hacer a las personas?
Toma pregunta. Debo responder rápido, pero no puedo precipitarme. Aunque sólo me estoy tomando unos segundos, se impacienta y sigue.
- Es que he pensado que si se lo hicieran a las monjas, entonces las monjas y los sacerdotes se podrían casar sin dejar de dedicar toda su atención a Dios.
Ah, vale. Ahora tengo algo más de información para responder.
- A ver, Joana, como poder, se puede: es posible realizar esas operaciones para que una mujer no pueda tener hijos. Pero no se debe. No está bien decidir sobre los hijos que debe tener otra persona. Eso es cosa de Dios y de los padres. ¿Lo entiendes?
- Sí.
- En cuanto a lo otro, hay parejas que, por lo que sea, no tienen hijos, ¿te parece que se quieren menos por eso?
- No.
- No, claro. Se preocupan el uno del otro. Así que según tu solución, si monjas y sacerdotes se pudieran casar, aunque no hubiera hijos, no dejarían de estar pendientes el uno del otro, y así no se dedicarían por completo a Dios, ¿no te parece?
- Sí.
Cada día me lo pone más complicado...
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